¿Se han preguntado qué tienen en común los jóvenes que queman contenedores en Barcelona con los que visten chalecos amarillos en París mientras incendian coches o con los que a miles de kilómetros en Chile patean a un policía hasta matarlo? O ¿qué de común hay con los que destrozan escaparates sólo porque su equipo de fútbol pierda o aquellos que se dedican a vejar al diferente o toman por la fuerza aquello que una chica le niega? Quizá la clave para explicar esta violencia, agresividad y baja capacidad a la frustración de una juventud que se dice la más preparada de la historia, está en un curioso experimento llevado a cabo en niños de 6 años en 1960 y que nos puede decir cómo educar para la felicidad.

EL EXPERIMENTO DEL MALVAVISCO

A finales de los años 60 Walter Mischel de la  Universidad de Stanford realizó al famoso test de malvavisco a un grupo de niños preescolares. En su versión clásica, ofrecía a los niños unos caramelos pero luego se iba y les decía a los niños que si esperaban a que él volviera les daría más. Algunos niños no eran capaces de esperar y se lo comían mientras que otros si esperaban consiguiendo con ello la recompensa prometida. Lógicamente este experimento medía la capacidad de autocontrol y la paciencia en los niños aunque sea a edades tan tempranas.

Sorprendentemente, este simple experimento fue capaz de predecir la competencia intelectual en la vida posterior de esos niños, así como otros problemas de control, como ludopatías, trastornos de alimentación, promiscuidad sexual y consumo de alcohol. Tras catorce años de seguimiento de los niños que pasaron por el experimento, Mischel descubrió que aquellos que se mostraron más impulsivos y no fueron capaces de esperar, tenían más baja autoestima y umbrales de frustración menores, mientras que los que habían esperado eran personas socialmente más competentes y con mayor éxito académico, también eran menos propensos a mostrarse agresivos y menos dependientes de la aceptación social. Pero el seguimiento de los niños no terminó ahí. Durante 40 años se siguió haciendo estudios sobre esos niños arrojando datos absolutamente sorprendentes. Los que esperaron más se enfrentaban mejor a situaciones negativas en el futuro, encontraban empleos más seguros, mayor nivel de estudios y tenían relaciones románticas más estables mientras que los que fueron impacientes respondían con más ira y agresividad hacia sus compañeros y parejas, tenían retribuciones más bajas, empleos más inestables y continuaron con niveles de autoestima mucho más baja.

NIÑOS ACTUALES: LO QUIERO AQUÍ Y AHORA

Este sencillo experimento puso de manifiesto lo importante que es educar desde que nacen, en dar valor a las cosas, en que conseguir las cosas requiere muchas veces esfuerzo y espera y que hay que ganárselo y que otras veces hay que renunciar a cosas que, o no se pueden o no se deben tener. Este ejercicio a lo largo de la vida va modulando la voluntad del niño que además va adquiriendo más paciencia, más autocontrol y una mayor capacidad de resistencia a la frustración, elementos que serán esenciales para su felicidad futura. Son los educadores, especialmente los padres, los que han de enseñar a discriminar qué fines se pueden alcanzar, siempre dentro de la honestidad consigo mismo y con los demás, y enseñar también a poner los medios lícitos y el esfuerzo necesario para alcanzar las metas. No menos importante es saber celebrar con alegría el propio camino del esfuerzo y por supuesto el logro. No hay para un niño nada más emocionante que compartir la alegría de un triunfo con sus padres. De esta forma, desde aprender a dar los primeros pasos hasta las notas de la universidad, todo es una oportunidad para enseñar a superarse, celebrar los logros y aprender de los fracasos.

¿POR QUÉ MI HIJO ME TRATA ASÍ SI LE HE DADO TODO EN LA VIDA?

Pues puede que lo haga precisamente por habérselo dado todo… Para un desarrollo equilibrado de su personalidad y su psique el niño necesita por un lado tener límites, saber que hay cosas que no puede o no debe hacer y que si las hace habrá consecuencias, pero también ha de experimentar dificultades en aquellas que si puede conseguir pero que requieren un esfuerzo. Aprenderá así que las cosas que más merecen la pena en la vida requieren esfuerzo y tesón y que hay que perseverar para conseguirlas.

Si por el contrario, nos dedicamos a quitarle al niño todas las vallas que va encontrando en el camino, a resolverle todos los problemas, estamos creando un futuro adulto con poca tolerancia a la frustración y escasa capacidad de resilencia. Si el niño lo tiene todo y cree que el tenerlo no requiere más esfuerzo que pedirlo cuando le toque desenvolverse en la vida de adulto se sentirá permanentemente frustrado porque no tendrá siempre lo que desee y tendrá además que conseguirlo con un esfuerzo y una voluntad que ya desde pequeño no está acostumbrado a ejercer. La voluntad no deja de ser un músculo que desde pequeño se entrena y la tolerancia a la frustración no es más que la aceptación de la realidad. Las cosas no pueden ser siempre como yo quiero que sean. Cuanto antes interiorice el niño estas realidades estaremos sembrando un adulto del mañana feliz, con mucha tolerancia a las dificultades y aceptación de la realidad incluyendo las imperfecciones de la vida y las personas que se crucen con él.

Si les damos de todo y no les negamos nada hacemos a los niños débiles además de convertirlos en pequeños dictadores acostumbrados a obtener todo solo por desearlo y pedirlo. Crecerá pensando que sólo tiene derechos y ningún deber. Las rabietas se consolidarán en su personalidad y continuarán en sus diferentes manifestaciones cuando incluso sea adulto. Paradójicamente será mucho más exigente con los demás e intolerante con sus defectos. Nuestro pequeño dictador se habrá convertido en un agresivo, frustrado, exigente y difícil adulto. No encontrará nunca la felicidad porque a su puzle siempre le faltará una pieza externa que le niega la vida o los demás.. “Seré feliz cuando consiga un trabajo mejor, cuando me cambien de jefe, cuando mi mujer deje de pedirme cosas, cuando mis amigos hagan las cosas que a mi realmente me gustan…” Entenderá que los cambios habrán de hacerlos los demás y no se cuestionará su responsabilidad ante los fracasos o dificultades.

LO IMPORTANTE ES EL SER Y NO EL TENER

Hay que enseñar al pequeño que lo importante es el ser y no el tener. Ser obediente y generoso es mucho más que tener un coche teledirigido o unas zapatillas de la marca de moda, ser buen compañero o ayudar a otros en clase es más importante que tener popularidad, ser un buen estudiante y responsable con tus deberes es más importante que tener buenas notas. Para ello el ejemplo será el mejor maestro. Ha de ver en sus padres personas que se exigen bondad, paciencia, esfuerzo, ejemplaridad, respeto, cariño y que no fijan sus metas en tener esto o lo otro. Qué importante es que nos vean hablando y haciendo las cosas que de verdad importan. Como dice el proverbio, “de lo que rebosa tu corazón hablará tu boca”. Sin duda la mejor escuela de enseñanza de los hijos es el ejemplo de sus padres.

EJEMPLOS DEL CAMBIO DE PARADIGMA. HACIA EL NIÑO DÉBIL

Antes, cuando en el colegio castigaban a un niño, los padres iban a una y reñían al hijo aun cuando éste se declaraba inocente de toda culpa. El “Algo habrás hecho” era la respuesta más común ante la jurada inocencia del pequeño. Ahora por el contrario justificamos al niño y le reafirmamos en que los problemas son siempre de los demás. “Voy a hablar con tu profesor”, “No pueden expulsarte un día por esa tontería” “Es culpa de tu amigo que es mala influencia”… Con esta actitud repetida en cada problema que encuentre el niño estamos creando un futuro neurótico que culpará en el futuro de todos los problemas a los demás y a las circunstancias y nunca será capaz de ver en qué tiene que cambiar él para afrontarlos.

Antes cuando llegaba la hora de comer el niño preguntaba ¿Qué hay de comer? mientras que ahora se le pregunta ¿Qué quieres que te ponga? Si tocaba acelgas, tocaba acelgas y te las comías mientras que ahora se acostumbran a meriendas con su batido o zumo favorito y chuche de postre con la abuela persiguiéndole para lograr que se la termine. Antes una medalla se conseguía al ganar, ahora una medalla se da sólo por participar y los niños las acumulan tiradas por cualquier lado sin darle ningún valor. Antes la gran recompensa de una comunión era recibir a Dios mientras que ahora es ir a Eurodisney o el móvil de última generación que incluso en ocasiones es mejor que el de papá. Antes en la convivencia de un niño en familias numerosas, el roce, los problemas y las renuncias estaban aseguradas en el desarrollo del niño, ahora ese roce, tan necesario como didáctico, no existe ya que las familias numerosas son una rara avis. Antes, el respeto a los padres, profesores y mayores era la norma mientras que ahora empieza a ser la excepción. Antes los niños nos aburríamos ante la indiferencia de nuestros padres y ahora los padres tienen la permanente necesidad de que el niño esté en permanente diversión con todo tipo de sofisticados juguetes y aparatos electrónicos que, dicho sea de paso, matan la imaginación.

EDUCAR EN DERECHOS Y EN DEBERES

Muy ligado a la necesidad de límites y no menos importante es que el niño crezca sintiendo que además de derechos tiene deberes y obligaciones siendo la primera obligación respetar los límites impuestos. Tiene que ver que tanto si lo hace como si no lo hace tiene consecuencias. Además, resulta muy eficaz y gratificante para él otorgarle encargos de acorde a su edad, en los que se sienta responsable de su pequeña aportación a la buena marcha de la familia. Quizá si hay algo que caracteriza a esta sociedad, sobretodo en la gente joven, es que se sienten sujeto de todo tipo de derechos, derechos que además reclaman primero a sus padres y luego al estado. Apenas nadie habla de ninguna obligación o deber. Los niños y menos niños, han de ser conscientes de que las tienen y no culpar de su frustración, primero a sus padres y luego al estado, tienen que ver que no atenderlos tiene sus consecuencias y esto nuevamente, se aprende y se educa desde pequeño.

EL COSTE PARA LA SOCIEDAD

Estamos claramente ante un incremento de la agresividad en una juventud con una menor tolerancia a la frustración que solo reclama derechos y no se siente objeto de deberes. La aceptación de la renuncia ante lo que no es posible conseguir y el esfuerzo por aquello que si se puede y es legítimo conseguir se aprenden desde pequeños. El niño que se le ha dado todo ha sido un tirano de pequeño y continuará siéndolo de mayor con la diferencia de que la vida y la gente no serán tan condescendientes con él como sus padres lo han sido. Tarde o temprano se encontrará con muchos “no” que en su día le fueron evitados y responderá con frustración en lugar de superación, con violencia en lugar de aceptación. Los delitos por abusos sexuales, las denuncias de padres por maltrato de sus hijos cada vez más frecuentes, los divorcios ante cualquier desavenencia tienen mucho más en común de lo que parece.  Hay que enseñar a los niños desde pequeños a valorar lo que tienen y no lo que les falta, a saber aceptar un “no” y ganarse con esfuerzo el “si” que realmente merece la pena, a cultivar la voluntad. Pongamos a nuestros hijos ejemplos admirables de metas conseguidas con esfuerzo como Rafa Nadal del que su tío y ex entrenador Toni, dice que lo conseguido por él no lo ha sido por excepcionales dotes sino por una voluntad excepcional. La vida la verán entonces como una maravillosa experiencia de superación de increíbles metas por conquistar valorando las ya conquistadas con orgullo y satisfacción. Encontrarán alegría y pasión en la lucha por mejorar, en el propio esfuerzo por hacerlo, serán mucho más tolerantes con los defectos de los demás especialmente con los de su pareja y pondrán amor y empeño en alcanzar sus metas. Desde las más comunes hasta las más excelsas. Se sentirán objeto de derechos y obligaciones e intentarán atender a éstas con orgullo de aportar a esta sociedad.

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