El hombre moderno mira la vida sin transcendencia, de ahí que ignora la muerte hasta que, cualquier realidad que le acerca a ella, le produce pavor.

Mientras que nuestros antepasados miraban la muerte de cara, nosotros la ocultamos en fríos y escondidos tanatorios, ocultos en la periferia de las ciudades. Ellos sabían bien lo efímera que es nuestra existencia y precisamente por eso vivían con fe y esperanza en una vida mejor, de ahí que aceptaran con naturalidad la enfermedad y la muerte. En nuestra sociedad moderna, cualquier cosa que nos acerque a ella y que nos recuerde nuestra enorme vulnerabilidad, nos hace bajar de nuestro pedestal de hombre moderno invulnerable y dueño de su destino. Una simple epidemia desata entonces una histeria colectiva amplificada por el sensacionalismo de los medios de comunicación.

ANTECEDENTES

¿Se acuerdan ustedes de la enfermedad de las vacas locas? ¿Se acuerdan de la gran epidemia de gripe A? Esta última fue declarada pandemia por la OMS.  España llegó a comprar 13 millones de vacunas que luego mayoritariamente se tirarían a la basura. Parecía entonces que todos íbamos a morir de encefalopatía y gripe A. Todos los telediarios, como hoy, nos indicaban dónde estaba el foco y a dónde debemos mirar con temor. Se abrían cabeceras con el último caso de gripe A conocido o la última granja de vacas locas sacrificadas. A pesar de la neurosis todo finalmente quedó en nada. Aquellas histerias pasaron, quedando en el olvido como también pasará ésta del coronavirus chino, un virus con una escasísima tasa de mortalidad y una difusión similar a la de la gripe.

LOS DATOS EPIDEMIOLÓGICOS DEL CORONAVIRUS

Se trata de una antropozoonosis vírica de una letalidad reducida, similar a la del virus de la gripe y un poder de propagación también similar a éste. El periodo de incubación es de un máximo de 15 días. Los datos epidemiológicos de los que disponemos en el momento de escribir este artículo son de aproximadamente 304 víctimas, todas en China, no habiendo ocurrido ninguna defunción en Occidente, para unos 14.380 contagiados y una población expuesta en la ciudad de Wuhan, principal foco primario, de 11 millones de personas. La mortalidad por tanto del virus rondaría el 2% para un  sistema sanitario tan deficiente como el Chino. Probablemente en Europa y EEUU sería muy inferior y afectaría básicamente a personas inmunodeprimidas o con un estado de salud de partida deficiente.

Para hacer una comparativa real solo citar que, según la OMS, el impacto mortal de la gripe común estacional en regiones pobres supera el 10%. En España, que al contrario de las regiones pobres tiene un sistema sanitario extraordinario, concretamente, la última temporada murieron unas 6.300 personas por gripe. Es probable que cuando el ruido mediático pase no se haya registrado en España ni una sola víctima por el coronavirus chino.

LA HISTERIA

A pesar de estos datos, Italia ha decidido decretar el estado de emergencia por sus dos primeros casos. También en este país, la falsa alarma de dos personas de origen chino enfermas con gripe resultó en que un crucero con 6.000 pasajeros fuera puesto en cuarentena  pese a que los resultados de los enfermos dieron negativo sobre la presencia del coronavirus.   En España se han agotado las mascarillas en las 22.000 farmacias de nuestro país. EEUU cerrará sus fronteras a cualquier extranjero que no tenga lazos familiares con ciudadanos o residentes permanentes de EE UU y que haya estado en China en las dos semanas previas a su llegada. Estos viajeros tampoco serán admitidos en naciones como Australia, El Salvador, Mongolia, Italia o Singapur. Además, muchas líneas aéreas occidentales también han anunciado la suspensión temporal de sus vuelos a China. En España, Iberia y Brithis Airways también lo han hecho. El Gobierno de Hong Kong se ha negado hasta ahora a cerrar por completo la frontera pero ha suspendido las conexiones por transbordador y tren de alta velocidad hacia la China continental. En esa provincia los sindicatos del personal médico amenazan con declararse en huelga este lunes si la jefa del Gobierno, Carrie Lam, no declara un cierre completo.

 

EPISODIOS DE RACISMO

Estos días se han denunciado incidentes de xenofobia en Italia. En Francia, un portavoz de la Asociación de Residentes Chinos, declaró que “la gente está rechazando ser atendido por personal asiático en las tiendas… tiraron a una mujer de un tren porque era asiática, y por tanto era obvio que era portadora del virus”. Es en este país donde las personas de origen asiático han expresado en redes su rechazo por la discriminación desde que estalló la noticia en los medios. Bajo la etiqueta #JeNeSuisPasUnVirus (Yo no soy un virus) buscan contrarrestar la propagación de la xenofobia. En Canadá, un grupo de padres solicitó al consejo escolar en un distrito de Ontario que exigieran a las familias que hubiesen regresado recientemente de China que “permanecieran en aislamiento domiciliario durante un mínimo de 17 días para observar una cuarentena”. En Japón, el hashtag #ChineseDon’tComeToJapan (#ChinosNoVenganAJapón) ha estado en tendencia en Twitter. En Singapur, decenas de miles de residentes han firmado una petición pidiendo al Gobierno que prohíba la entrada al país a ciudadanos chinos.

UNA VISIÓN TRANSCENDENTE

No cabe duda de que algún día llegará un virus con la letalidad del virus del ébola y la capacidad de transmisión del virus de la gripe, pero lo que está claro es que este coronavirus no lo es ni nos amenaza más que el simple virus de la gripe, pero en cualquier caso nos recuerda una vez más nuestra vulnerabilidad y lo efímero que es nuestra existencia. Quizá ese terrible futuro virus no lo veremos en nuestra generación pero lo que sin duda a todos nos toca tarde o temprano es la muerte. Aunque el hombre moderno la ignore es el único acontecimiento común al que todos nos habremos de enfrentar.

Ante esta ocultación generalizada y deliberada de la muerte yo creo justo lo contrario.  Tener presente que vamos a morir nos ayuda a aprovechar mejor el gran regalo que supone la vida.

En nuestra sociedad sólo se habla de la muerte como solución ante problemas que se perciben como irresolubles, Eutanasia, suicidio… siendo por lo demás una realidad que se procura dejar de lado aun cuando constituye el único hecho cierto al que todos tarde o temprano nos vamos a enfrentar, a pesar de lo cual apenas se habla de ella. Y es precisamente cuando nos acercamos a su umbral cuando estas cuestiones fundamentales que hemos dejado de lado a lo largo de nuestras vidas nos asaltan con urgencia y nos hacen replantearnos todo lo vivido.

Bronnie Ware es una enfermera británica que trabaja en una unidad de cuidados paliativos. Ha presenciado muchas muertes y ha asistido a muchísimas personas viviendo sus últimas semanas de vida. Esta enfermera decidió poner por escrito a qué cosas las personas damos importancia cuando ya miramos la vida por el retrovisor siendo conscientes de que se apagará quizá en días o semanas. Lo sorprendente de lo que puso por escrito es que las cosas de las que nos arrepentimos son cosas sencillas, muy comunes pero trascendentes, son las cosas que el ruido de la vida apagan:

Amistades que dejamos ir, el amor de unos padres que apenas cuidamos cuando ya no nos cuidan ellos, sentimientos que en su día no revelamos. Nadie en esos momentos se arrepentía de no haber trabajado más, más bien de todo lo contrario, pero casi todos se arrepentían de haber dejado escapar o morir aquella amistad que tanto les llenaba, de no haber pasado más tiempo con los hijos, de no haber sabido agradecer a sus padres el esfuerzo, sacrificio y generosidad que supone hoy en día sacar a un hijo adelante. De eso es de lo que hablaban aquellos enfermos que se sabían a las puertas de la muerte y de eso es de lo único que se arrepentían

Hemos de vivir, sabiendo, como decía San Juan de la Cruz, que en el atardecer de la vida se nos juzgará por el amor y hemos de mirar la vida desde esa transcendencia que parece haberse perdido en el hombre moderno.

Nadie cruzará el umbral de la muerte llevándose nada material. Nuestro único equipaje será el amor que hayamos dado, de ahí que vivir la vida con transcendencia evitando que  el ruido mate lo transcendente.

En mis años de voluntariado en Etiopía, con las Misioneras de la Caridad, me impresionó vivamente la entereza y valentía  de unos enfermos que morían a decenas todos los días, pero que vivían con una profunda visión transcendente de la vida. La mayoría eran ortodoxos, había también musulmanes y muy minoritariamente católicos, pero todos en común sabían que sus vidas habían tenido un por qué y que este no estaba en nuestro mundo. Entendían que les llegaba el momento de rendir cuentas, no de una riqueza material de la que habían carecido toda su vida, si no de la riqueza espiritual. Encaraban sus últimos días y horas habiendo intentado ser buenos padres, hermanos, maridos y esposas viviendo una vida lo más honestamente posible. En aquellas grandes salas con centenares de moribundos se respiraba un ambiente de tranquilidad y paz, nada de histerismo.

Hemos de aprender a vivir con la misma transcendencia con la que nuestros abuelos vivían y que nos permite mirar a la muerte sin temor y con esperanza de un deber cumplido con honestidad. Nuestra insigne Santa castellana Teresa de Jesús glosaba esta esperanza en unos extraordinarios versos..

“Vivo sin vivir en mí 
y tan alta vida espero,

que muero porque no muero”

Poesía de Santa Teresa completa

 

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