Etimológicamente, la palabra “egoísmo” procede del latín “ego”, que significa “yo”. Nuestro vocabulario actual está monopolizado por pronombres como “yo”, “mi” o “mío”. Este egoísmo egocéntrico es la raíz desde la que vamos construyendo una personalidad victimista y reactiva, quejándonos y culpando siempre a algo o alguien externo a nosotros.

Las tecnologías exacerban nuestra voluntad de convertirnos en el centro del mundo (al menos en el centro de nuestro mundo). Las redes sociales se han convertido en gigantescos escaparates donde se anhela ser admirado. Para la consecución de esta meta si no se es suficiente para ser admirado, se aparenta lo que no se es. Es algo parecido al chocolate del loro de la época de las américas españolas en donde dar chocolate al loro que se tenía en casa era demostración de una opulencia, fuera o no cierta ésta. Avanzamos hacia una sociedad donde lo importante es el parecer más que el ser y donde lo que se es, sobre todo para uno mismo, lo anestesiamos entre prisas sin pausas, sin apenas tiempo para meditar sobre las cuestiones que siempre han preocupado más al ser humano. Las humanidades han sido cada vez más relegadas por las ciencias en nuestros planes de estudio y aquellos alumnos que se interesan por la filosofía son tachados de “frikis” irredentos. Pero era precisamente esa filosofía la que nos hacía mirar hacia nosotros mismos para abstraernos y hacernos las preguntas fundamentales del ser humano, aquellas que ya Aristóteles formulara hace más de 2300 años ¿Qué es el ser?, ¿y el ser humano?, ¿existe Dios?, ¿dónde está la felicidad? o ¿qué hay más allá de la muerte? Estas son las grandes cuestiones que deja de lado la sociedad actual y fruto de ello, en nuestra edad moderna, cada vez más se pierden valores como el de la amistad, el compañerismo, el respeto, la solidaridad, el deber, el compromiso. Es como si la gente dejase de sentir empatía para centrarse en sí mismos. Puede que piensen que estoy exagerando, pero es fácil de detectar, por ejemplo en la conducción. Cada vez es más frecuente que la gente no ponga los intermitentes en las rotondas, que aceleren si ves que te vas a incorporar dificultando así tu acceso, o al aparcar, girar … o en el transporte público, donde la gente se sienta en los asientos reservados y hacen ver que no ven a las personas mayores o que necesitan sentarse, bajan la cabeza y miran los móviles o se esconden detrás de los libros como si no existiera el resto del mundo, y encima tienen la cara de sentirse ofendidos cuando alguna de las personas necesitadas se arma de valor para pedir el asiento. Vamos cargados con una enorme mochila de derechos a exigir y medimos a las personas con arreglo a ellos. Es como si las obligaciones hubieran desaparecido de nuestro código moral. La de aportar a la familia, a la sociedad, devolviendo todo el esfuerzo que han hecho por nosotros ejerciendo de la mejor y más honesta manera nuestra profesión, o la honestidad, en un mundo donde la mentira abunda y la lealtad prácticamente ha desaparecido. Es notorio también la pérdida del compromiso de las personas. Mientras antes un acuerdo sellado por un apretón de manos era sagrado ahora cualquier cosa firmada y sobretodo afirmada se la lleva el viento. Como muestra nuestros actuales políticos que han abrazado la mentira como medio necesario y mienten con descaro un día para al día siguiente decir lo contrario sin pestañear.

Juan Manzanera define el egocentrismo como “la tendencia espontánea a conseguir la propia felicidad a costa de los demás”. En este sentido es curioso que en las encuestas aparezca como la aspiración máxima y última en la vida del 90% de las personas el ser feliz en esta vida. Ante esto Leo Rosten afirma que “No puedo creer que el objetivo de la vida sea ser feliz. Creo que el objetivo de la vida debe consistir en ser útil, en ser responsable, en ser compasivo. Es, ante todo, importar, contar, apoyar algo, dejar huella de que has vivido”. En esa encuesta nadie parece aspirar a llegar a ser útil y valioso para la sociedad o querer entregar la vida por los más pobres y enfermos, o simplemente enriquecer al mundo a través de un trabajo bien hecho y de una educación a los hijos que los ayude a éstos a ser los hombres de bien del mañana.

Si verdaderamente lo que nos debe mover en la vida es “ser felices”, al menos como humanamente se entiende la felicidad, personajes como la Madre Teresa de Calcuta habrían hecho “el primo”. Una vida dura y sacrificada en pos de mejorar la de los demás sería una vida absurda, desperdiciada.

Vivimos así en el mundo de los derechos y no de las obligaciones, que comienza a transmitirse desde bien pequeño a través de una educación equivocada en donde, a los más pequeños, se les da de todo y no se les exige nada. No les estamos educando para buscar una verdadera y más profunda felicidad.

José Luis SamPedro, catedrático de economía y pensador afirma que “Occidente está en decadencia y lo que estamos viviendo es una época de barbarie, de transición hacia otra cosa. A mí me parece que esta sociedad está en decadencia y en declive, y ya no es la sociedad en la que yo vivía. Esto se desmorona y yo me alegro, porque, dicho como economista, el desarrollo que vivimos es insostenible, no se puede seguir haciendo más de lo mismo constantemente. Los avisos son tremendos, pero se sigue haciendo. No se puede continuar así”.

Valentín Fuster afirma “Lo primero que me preocupa es la juventud. La generación actual, tal vez sea porque el nivel económico ha subido mucho, se preocupa por vivir al día y disfrutar. Esto me inquieta muchísimo, ya que los jóvenes son el futuro y es precisamente en el futuro en lo que menos piensa la generación actual viviendo en un permanente Carpe diem”. Como grandes males de la humanidad Fuster señala el egoísmo, el egocentrismo y la envidia, “que van por el camino contrario de lo que es la efectividad para un mundo mejor. A mi, me sulfuran estos tres pecados capitales. Es un problema que se debe abordar desde la infancia, y educar a los niños en la importancia que tienen para la sociedad y lo que pueden aportar a ella haciendo del mundo algo un poco mejor”.

Ambos pensadores lamentan la crisis de valores de la sociedad actual, que Valentín Fuster califica como de hecatombe. El diagnóstico del cardiólogo es contundente: “No hay ciencia que pueda cuantificar el honor, la dignidad, la sabiduría, y la responsabilidad. Este es un campo fundamental para dar respuesta a esta sociedad de consumo”.

El culto al yo se manifiesta en todos los niveles: El empresario sólo piensa en la obtención de beneficios sin importar el bienestar de sus trabajadores ni la calidad del servicio que aporta a la sociedad, el trabajador mira con desdén al empresario al que ve como un enemigo que cercena sus derechos y le explota sin darse cuenta de que también es alguien que se juega su dinero y genera el trabajo del que vive, el ciudadano que vive en la región rica cree que tiene el derecho de que no le quiten el dinero para transferirlo a regiones pobres del mismo país apareciendo los nacionalismos identitarios, los políticos cuantifican cada vez más el beneficio electoral de su partido en lugar de mirar hacia la búsqueda del bien común.

Un mundo de ciudadanos ególatras, de ciudadanos que atesoran derechos y no se sienten con ningún deber, que se miran el ombligo y para los que las necesidades supremas son las de uno mismo, es lo más próximo al infierno de Dante. Paradójicamente, al esperar que el mundo gire alrededor de nuestro ombligo, nuestra existencia se reduce a un ámbito muy estrecho, yo y mis cosas, además de estar marcada por la lucha, el conflicto y el sufrimiento. Nos compararemos siempre con alguien que tiene más, con mejor puesto o mejor sueldo. Es un juego en donde siempre se pierde y que aboca a la frustración pues siempre hay alguien que es más y mejor.

Por el contrario, el verdadero amor es el que piensa en los demás antes que en sí mismo y paradójicamente “El amor beneficia más al que ama que al que es amado.” (Anthony de Mello). La felicidad radica más en dar que en recibir, lo que resulta enormemente paradójico y contradictorio con muchos de los valores y pretensiones actuales. Pensar más en el prójimo es liberador y colma al ser humano en lo más hondo. Piensen ustedes en lo bien que se han sentido cuando han hecho algo por alguien arrancando su sonrisa o resolviendo un problema que le parecía irresoluble o simplemente acompañando en el dolor y la soledad, tan frecuente por desgracia en nuestros días.

Sí, la solidaridad en forma de voluntariado está de moda, pero es muchas veces un voluntariado de curriculum, hecho cuando apetece y sin compromiso, como experiencia exótica que realmente supone más un problema que una ayuda para las organizaciones que han de coordinarlo. Estas entidades buscan en cambio personas comprometidas que, una vez formadas, sigan ayudando con regularidad y esfuerzo. No se trata de poner en el curriculum que hemos estado en Calcuta y exhibir en facebook un par de fotos en barrios desnutridos rodeado de niños agradecidos. Se trata de saber dónde y cómo se es más útil y comprometerse con esa labor buscando de forma honesta cómo poner nuestro granito de arena en lograr un mundo mejor convirtiéndonos en esos héroes escondidos en el día a día.

Más importante de lo que parecemos a los demás es lo que somos para nosotros mismos y para Dios, que ve en lo escondido. Incluso la moderna psicología cognitiva reconoce ésto. Las grandes preguntas fundamentales que siempre se ha hecho el ser humano y que ahora evita a través del ruido y las prisas, son necesarias para entender el mundo de mejor manera y entendernos más a nosotros mismos y para conocer cuál es el verdadero camino de LA FELICIDAD. No ignoremos esas preguntas, enfrentémonos a ellas buscando ratos de soledad, silencio y honestidad con uno mismo. Federico García Lorca decía de la soledad que era la gran talladora del espíritu y Thomas Carlyle abundaba en que “el silencio es el elemento en el que se forman todas las cosas grandes”. Apartémonos del ruido y de las prisas para buscar LA VERDAD, por encima de mi verdad y en esa búsqueda seguramente encontraremos las claves de LA FELICIDAD y entenderemos mejor nuestro papel en el mundo que es sin duda mucho más grande del que nunca sospechamos. En el silencio honesto es donde Dios susurra al alma para descubrir sin duda que el «tu» es mucho más importante que el «yo» y que la vida es un hermoso camino a recorrer junto a aquellos a quienes queremos.

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