En nuestro día a día nos cruzamos con mucha gente, cada una de ellas lleva una vida y mucha historia tras de sí, algunas de ellas, muchas más de las que nos pensamos, son historias heroicas, vidas ejemplares de silenciosa lucha y entrega a los demás, de cumplimiento del deber callado y abnegado, de dedicación oculta. Nunca saldrán en los telediarios, pero no escapan a Quien si ve en lo escondido. Viven entre nosotros, solo hemos de tener una mirada desinteresada y más atenta para descubrirlos. Son los héroes escondidos en el día a día.

MIS HÉROES REALES. UNA MIRADA DIFERENTE A NUESTRO ALREDEDOR

Son reales, solo les he cambiado sus nombres, no sus circunstancias. Aquí va mi lista de héroes anónimos:

Marta, decidió renunciar en su día a un puesto de extraordinaria visibilidad en la industria farmacéutica por cuidar a sus cuatro hijos, decisión que tomó tras enfrentarse a un cáncer muy agresivo. Paradójicamente dicha enfermedad le reveló qué era lo verdaderamente importante de la vida y a pesar de que ello implicaba la renuncia a una fulgurante y prometedora carrera profesional y a un puesto directivo de extraordinaria responsabilidad lo dejó todo para cuidar de sus hijos. Pasó a partir de ese momento al anonimato y solo se sabe ya heroína de su marido pues sus hijos aun no tienen edad para entender el sacrificio que hizo por darles una mejor educación.

Juanjo, una vida dedicada a conducir trenes y hacerlo con una enorme profesionalidad y responsabilidad. Como maquinista nunca tuvo un solo accidente en sus 40 años de trabajo. Una vida de levantarse a las 3 de la mañana mientras el resto de su familia dormía y de fríos e intensos madrugones mientras con su tren rompía los hielos del rocío congelado de la mañana agarrado a las vías. Ya en su juventud Juanjo tuvo que enfrentarse a decisiones difíciles y quizá por ello luego pudo hacerlo a lo largo de su vida y salir airoso de todas y cada una de ellas. A pesar de su gran facilidad para el estudio, tuvo que dejar una brillante carrera universitaria para ayudar a su familia a salir adelante pues su padre era un humilde albañil. Años más tarde, ya jubilado, puede mirar atrás orgulloso de haber sacado adelante a su familia y haber dado estudios universitarios a sus dos hijas, esfuerzo que compartido con su mujer Blanca, la cual puso pasión y alma a 40 años dedicados a la enseñanza.

Miguel, que se casó enamorado de Virginia a pesar de saber de su enfermedad que pocos años más tarde le llevaría a un permanente periplo de trasplantes y diálisis diarias. Horas, días,  semanas y años de una Virginia atada a las máquinas de diálisis y siempre con Miguel a su lado, acompañándola en todas y cada una de las sesiones. Ahora Miguel ha ayudado a Virginia a cumplir uno de sus anhelos: escribir un libro.

Aurelio, tiene un simple trabajo de portería de un colegio de Madrid. En sus más de 20 años de dedicación jamás se le ha escapado del colegio ningún niño pequeño por error. Siempre tan atento a todo el que entra y sale por su puerta. Además del cuidado de su familia, ha dedicado un extraordinario empeño a cuidar a todos los niños y familias que han pasado por ese colegio durante todos estos años y lo ha hecho de forma callada y oculta. Nunca sabremos los “disgustos” que ha evitado a los más pequeños y a sus familias, y lo ha hecho siempre con una sonrisa y sus buenos días y buenas tardes que jamás han faltado junto con su sempiterna predisposición a ayudar y hacer favores a todo el mundo, desde acompañar al niño pequeño que se ha quedado el último porque a su papá le ha dejado tirado el coche a darle a la mamá el recado que el papá necesitaba dar antes de recoger a sus peques.

A Conchi sus 85 años no le hacen justicia. Sigue tan alegre y jovial como siempre, tanto que nadie sospecha la vida de extrema dificultad que ha tenido. Conchi ha enterrado ya a dos de sus hijos. Dicen que no hay dolor igual que el de enterrar a un hijo y lo creo. Siendo una familia golpeada desde el principio por la enfermedad mental, Conchi siempre fue valiente para afrontarla con sus hijos enfermos en un interminable periplo de psiquiatras y clínicas que solo se traducían en vaivenes en la enfermedad. Vaivenes que acabaron de forma trágica primero en el caso de su hijo mayor y luego en el de su tercera hija. Conchi contaba solo con la ayuda de su marido Eduardo, postrado en una cama, paralítico y enfermo al que nunca abandonó, pero que no podía protegerla cuando, por la enfermedad, sus hijos la maltrataban. Hoy su sonrisa, optimismo y buen humor brillan a sus 85 años más que nunca y cuando se le pregunta por su “secreto” ella sonríe mientras pronuncia “Dios que es mi padre y me cuida”.

Pedro, del que os he hablado en mi anterior artículo, una vida prematuramente envejecida por una variante de la esclerosis agresiva y progresiva que le llevó a estar en silla de ruedas en la cuarentena y que ahora la naturaleza le castiga además con un cáncer muy agresivo. Pero nada puede con su simpatía, buen humor, alegría y fuerza. Con una personalidad absolutamente genuina y entrañable, todo el mundo le quiere y le saluda en su barrio. Constituye para todos los que le conocemos todo un ejemplo de lucha, fortaleza y confianza en Dios además de fe ciega en el Atleti. Vela, su mujer, ha estado siempre a su lado, cuidando con el mayor de los empeños y dedicación de él y de sus dos hijos. Dejó para hacerlo su trabajo de enfermería cuyos conocimientos ahora le ayudan para cuidar a Pedro.

Francisco, cada día se levanta a las 5 de la mañana para ir a trabajar al banco. Es responsable de un equipo de varias personas y su obsesión siempre ha sido darles la mayor flexibilidad y conciliación posible a sus empleados para lo cual no duda en llevarse su portátil allá donde va con el fin de que no tengan que molestar a sus empleados en sus vidas familiares cuando algo ocurre en el banco. Consigue que tanto él como todos los de su equipo estén a las 5 de la tarde en casa con sus mujeres e hijos y cuando lo hace aún le quedan fuerzas para hacer los trabajos de la casa y jugar con sus hijos con su característico buen humor. Muy amigo además de sus amigos (esto que tanto se dice ahora pero que pocas veces se cumple), no duda en echarles una mano cuando la ocasión lo requiere.

Begoña, esta vez sí nombre real pues ya falleció, me dedicó hace apenas un año uno de los ratos más intensos que he tenido en una conversación con alguien. Se sabía ya sentenciada pero estaba feliz de ver a su “Amado” tras tantos años de espera. Begoña en el momento en el que la visité en su convento de clausura de carmelitas descalzas ya tenía diagnosticado un cáncer de garganta extendido e inoperable y una esperanza de vida de apenas unas semanas. Sabía que mi visita sería de las últimas que vería en este mundo y sin embargo tras las rejas aquella monjita de 80 años no dejaba de sonreír y de decirme que seguiría rezando por todos nosotros allá desde el cielo. Jamás olvidaré su despedida alegre y cariñosa. Se me ocurrió preguntarle si sus más de 50 años encerrada en un convento merecían la pena y su respuesta me sobrecogió. “He sido tremendamente feliz. Me encanta rezar por la gente y espero seguir haciéndolo toda la eternidad”.

Termino nombrando brevemente a Luis, tan grande como cariñoso, que recorre todos los días más de 100 km para llevar a su hija a un colegio especializado para luego hacerse cargo de su modesta farmacia rural y a Roberto, que cuida todos los días y está pendiente de su hermana que sufre síndrome de Down sin dejar nunca de desatender su trabajo profesional de una forma extraordinaria y generosa.

Y finalmente tú, querido lector. Te dejo para el final pues es posible que también tu lo seas, un héroe callado y anónimo que te levantas a trabajar cada día temprano, que luchas porque en tu familia haya lo mejor y el mejor ambiente posible de cariño y amor, que no te rindes en tus ganas de mejorar cada día, que como dice Kipling en su bellísimo poema «Si», tratas al triunfo y al fracaso de la misma manera, que luchas por ofrecer una sonrisa a quienes te rodean y piensas más en los tuyos que en ti mismo, que te esfuerzas cada día para ser un poquito más humano y te interesas por todo y por todos. A ti, también héroe anónimo te doy las gracias por serlo.

Sin duda me dejo muchos otros héroes anónimos. A Algunos otros que por espacio y prudencia no puedo citar pero los más, que por mis prisas y desatención han pasado a mi lado y no he llegado a conocer y valorar pues en no pocas ocasiones dejamos que el ruido mate lo trascendente.

Ahora os toca a vosotros, os invito a fijaros en las muchas vidas que pasan silenciosamente a vuestro lado y que estoy seguro que en muchos casos son también vidas tan heroicas como escondidas. Solo tenemos que procurar abrir más los ojos del alma y escuchar lo que nos tienen que contar los que pasan a nuestro lado. Si algo caracteriza tristemente a nuestra sociedad moderna es el individualismo y la sordera a la hora de pensar o escuchar a los demás. Hagamos un esfuerzo por detenernos a mirar y a admirar a cuantos nos rodean, a perder un poco de tiempo escuchándoles y descubriremos tesoros ocultos allá donde casi nadie percibe a ver. Descubriremos un montón de héroes anónimos. No podemos permitirnos el lujo de no interesarnos por la vida y las circunstancias de cada uno de los que nos rodean y que sigan siendo unos completos desconocidos para nosotros. Perderemos así el enorme tesoro de compartir y profundizar en unas amistades de valor incalculable.

 

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