El olvido de las raíces cristianas de la vieja Europa y la acelerada secularización de nuestra sociedad ha convertido la Navidad casi en una celebración laica, sin actividades, representaciones ni referencias religiosas. Por un lado está la presión de quienes quieren eliminar las referencias religiosas de la vida pública y construir una sociedad estrictamente laica, sin tiempos ni lugares para Dios. Una sociedad en la que todos hablemos, actuemos, vivamos y muramos como si Dios no existiera. Por otro lado están los pequeños caciquismos de quienes quieren aplicar estas ideas para ser más progresistas que nadie. Así, en la escuela no se cantan villancicos porque hay cinco niños que no son cristianos, en los ayuntamientos no se ponen belenes o incluso los hay que los ponen “transgresores” y en las luces que adornan las calles ya no hay motivos que recuerden el verdadero origen de la Navidad, que para eso estamos en un Estado aconfesional y moderno.

En este sentido, me gustaría recordar que la aconfesionalidad del Estado significa que el Estado no tiene religión propia, precisamente para poder proteger y fomentar la religión o las religiones que libremente quieran profesar y vivir los ciudadanos. Ocurre que, si el Estado es aconfesional, la sociedad no lo es, porque los ciudadanos no quieren serlo, y es obligación del Estado aconfesional respetar y apoyar las manifestaciones religiosas que los ciudadanos quieran tener, sin agravio de nadie, en ejercicio del derecho sagrado de su libertad religiosa. El Estado es para la sociedad, no la sociedad para el Estado.

Pero un año más son muchos los empeñados en vaciar de contenido religioso estos días, convirtiéndolos en las vacaciones blancas, en la celebración del solsticio de invierno y, en todo caso, en las fiestas del consumismo y el derroche. Esta secularización de la Navidad tiene múltiples manifestaciones que incluso peligrosamente estamos asumiendo los propios cristianos. En la ambientación navideña de nuestros hogares y de nuestras ciudades se prescinde del misterio que en estos días celebramos. Se sustituye el Belén por el árbol de Navidad, los Reyes Magos por un Papá Noel o por el Olentzero bizkaitarra y el Apalpador gallego ambos de corte nacionalista y sin ninguna referencia religiosa, y hasta las entrañables tarjetas navideñas se han convertido en felicitaciones laicas portadoras de vaporosos deseos de paz y de felicidad inconsistentes, porque se olvida al verdadero protagonista de la Navidad, Jesucristo, punto de partida de nuestra alegría en estos días. La palabra Navidad, que significa natividad o nacimiento del Señor, es sustituida por la palabra «fiesta», más inocua y menos comprometedora. Pero lo cierto es que la fiesta de Navidad fue instituida por la Iglesia en el siglo IV y es originaria de la Iglesia latina y más propiamente de la Sede Apostólica de Roma.

Por falta de documentos exactos sobre el nacimiento de Jesucristo, no existe una certeza absoluta acerca del año, que algunos escritores sagrados y profanos señalan entre el 747 y 749 de la fundación de Roma (del 7 al 5 A.C.), y del día, que han hecho oscilar entre el 25 de marzo y el 17 de diciembre, pero lo cierto es que el nacimiento de Jesucristo es un hecho histórico innegable que cambiaría la historia de la humanidad drásticamente. Para muchos fue un simple ajusticiado, para otros un profeta y para muchísimos, 1300 millones de personas en el mundo que aun hoy nos declaramos católicos, fue el mismísimo hijo de Dios hecho hombre. Permítanme por favor recordarles así el origen de la Navidad y qué celebramos estos días. Lejos del convulsionado movimiento comercial de estos días de Navidad, quienes practicamos la fe cristiana buscamos celebrar esta fecha poniendo el énfasis en la importancia del acontecimiento por excelencia: recordar el nacimiento de Jesús, el Hijo de Dios.

LA NAVIDAD PARA LOS MÁS PEQUEÑOS

Querido lector, ¿qué recuerdo tiene de la Navidad cuando era niño? Seguramente para usted la Navidad estará asociada con momentos entrañables de felicidad en familia. Pocas ocasiones unen más a las familias que estos días entrañablemente familiares, con un especial calor humano, tiempos de ilusión, de magia, alegría, risas, olor a comida casera, panderetas, villancicos, juegos de mesa, adornos sencillos con bolas que fácilmente se rompían.

La Navidad es una fecha tan importante en la vida de un niño que deja una huella imborrable. No hay un solo pequeño para el que no sea interminable la espera de la Navidad. La añoran y desean pues ellos mismos se vuelven el centro de atención afectuosa de sus padres y demás miembros de la familia. Ese afecto lo atesorarán el resto de sus vidas y cuando venga la adversidad, tendrán que echar mano de él para hacer frente a los obstáculos. La felicidad y el cariño que les rodearán en estos días de Navidad, además de quedarse como un recuerdo imborrable, les proporcionarán seguridad y apoyo moral y si se hace con amor y regularidad, se convertirán en tradiciones cuyos efectos beneficiosos durarán toda la vida.

LA NAVIDAD PARA LOS CATÓLICOS

La fiebre del consumismo y la debilidad de la fe religiosa de muchos cristianos es también motivo de vaciar estos días de su verdadero significado. La Navidad muchas veces se va en regalos, cenas, viajes y comilonas y olvidamos rezar, dar gracias a Dios. ¿Será posible que los primeros promotores de las Navidades laicas hayamos sido los mismos cristianos?

Para los que somos católicos la Navidad es un momento extraordinario, nos recuerda que Dios compartió nuestra vida humana para que nosotros pudiéramos compartir la vida divina. Quizá usted, amable lector no lo sea, pero en cualquier caso le invito también a vivir estas Navidades como un momento particularmente propicio para hacernos algunas preguntas claves y cambiar todo aquello que nos aleja de lo verdaderamente importante y trascendente.

LA OTRA CARA DE LA NAVIDAD

No puedo por menos acordarme estos días de la mucha gente azotada por la gran epidemia del siglo XXI y que pasan estos días en soledad. En España hay 4.7 millones de personas viviendo solas y de ellas casi la mitad tienen más de 65 años. También habrá muchas personas que aun estando rodeadas de gente, pasarán estos días en profunda soledad pues no siempre estar rodeado es sinónimo de sentirse acompañado y querido. Para muchas de estas personas las Navidades son sinónimo de dolor y de recuerdos bañados en la nostalgia. Más allá de los regalos y del consumismo propio de estos días, hagamos un esfuerzo por salir de nosotros mismos y mirar  hacia las personas que pasan estos días en soledad. Quizá una visita o una palabra amable les alegre el día más que ninguna otra cosa.  Tenemos la capacidad de convertir la Navidad en algo maravilloso, al reunirnos en familia, con amigos y abrir el corazón, no solo a los más cercanos, sino también a los más olvidados.

Queridos lectores, les deseo de todo corazón unas Navidades llenas de luz, calor, alegría, sentido y cariño.

¡FELIZ NAVIDAD!

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